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Mi vida, desde hace algunos años, ha sido una verdadera rutina. Sin embargo, a pesar de eso, me agrada. Son tres años y medio desde que la conocí, a ella. 

Cinco minutos para las ocho, llego a mi trabajo, donde regularmente saludo a mis amigos y conocidos, para luego de ello, sentarme frente al computador.

Paso la mañana en mi trabajo, frente a un computador viejo que solo entrega y recibe datos y cálculos matemáticos. Entrego mi informe al jefe de sección. A las una y media, -pasado el mediodía-, almuerzo velozmente para llamarla a su celular.

-“!Aló! ¡Hola mi amor! ¿Cómo estás?. ¿Bien?. ¿Tienes algún problema?. Te noto algo extraña… Como ida. mmmmm….. ¿Quieres hablar conmigo personalmente? ¡Qué bien!. También tengo que conversar contigo. Es referente al tema de las argollas. Encontré un lugar acá en Santiago donde las hacen hermosas… ¡Ah!. Es referente a eso. O-Ka. Entonces, estaré allá esta noche. ¡Cuídate mucho amor!. ¡Nos vemos!. ¡Te amo…..!”

Termino mi jornada de trabajo y como todos los días, desde hace tres años y medio, tomo la micro para ir a visitarla.

A las seis y media de la tarde, llego a su casa. Y, ella, me recibe a la entrada.

Así transcurre parte del día de la rutina de mi vida, que me agrada mucho.

¡Alerta!

Son las ocho y media de la noche. Nunca pasa algo a esta hora. Ella me pide que me retire de su casa y de su vida… ¡pero yo, siempre me voy de su casa a las nueve y media!

El motivo de su decisión es que le aburre la rutina y encontró en otro hombre lo que nunca lo encontraría en mí.

Hoy se rompe mi dulce hábito. Me costó mucho dormir esa noche, pero al otro día todo parecía normal.

Seis de la mañana en pie.

A las siete de la mañana en el paradero.

Ocho de la mañana en mi trabajo.

Una y media, almuerzo y… ¡Alto! Aquí cambia algo en mi vida. No podré llamarla nunca más a su celular. Tendré que hacer algo para llenar esta vacío que me destruye, mas no sé que pueda compararse al espacio que ella llenaba. Tal vez, retomar viejas costumbres como ir a la disquería y comprar algún compacto.

Seis de la tarde. Termino la jornada laboral… ¡Alto! Ya no puedo ir a besarla nunca más. Las cosas cambiaron, pues ella me dejó.

He decidido algún tipo de pasatiempo, para ocupar las horas que le daba a ella y así no llegar a mi casa sin saber qué hacer.

Encuentro una librería cerca del paradero.  Compro un libro, de aquellos que llegan al alma, con poesía incluida. Pretendo descubrir si por lo menos tengo algo de sensibilidad en el pecho, a diferencia de lo que haya dicho ella en alguna oportunidad, contrario de mi opinión. Ahora veo que mi mundo se desmorona frente a mis ojos y yo, sin poder detenerlo, siento ese dolor hasta el tuétano de mis huesos.

Encuentro un bar a media cuadra de ahí y con un trago acompaño la lectura del libro que, a mi parecer, el que lo escribió sufría en ese momento tanto o más que yo. Luego de terminar mi copa, volví al paradero y tomé la micro de vuelta a casa.

A las nueve y media el bus pasa por la calle donde ella vive. Me duele aceptar lo sucedido y cierro los ojos para escapar de este lapso de tristeza. En ese momento el trasporte se detiene. Tengo la esperanza de que la persona que sube sea ella, por lo qué abro los ojos para mirar y veo que un hombre paga el pasaje. Noto algo familiar en él. Avanza por el pasillo y termina por sentarse a mi lado. ¡No puede ser! ¡Soy yo mismo!

-¿Cómo puedo subir a la micro si ya estoy aquí?

Intento hablarle pero él no me oye. Al tocar su hombro percibo que mis manos no están. Mi cuerpo tampoco. Sólo soy el observador en un contexto paranoico. Iluso. Totalmente incongruente.

Observo al que está sentado a mi lado. Se ve muy triste. Una lágrima comienza a rodar por su mejilla y su existencia se pierde en el horizonte. Yo simplemente, observo…

Llegamos a nuestra casa y él abre la puerta. Sólo puedo observar. Se quita el abrigo y se sienta frente al televisor y con un gesto patético cambia de canales sin realmente mirarlos. Luego se levanta y sube la escalera. Cada paso que da, retumba en el ambiente como un golpe de su propia alma. Más aún, cada gesto que hace lo descifro a la perfección.

Abre la puerta del dormitorio y se sienta en la cama. En ese momento,  saca la billetera del bolsillo trasero de su pantalón. En una división de plástico, con forma de marco se encuentra la foto de ella. La toma, y luego de mirarla con nostalgia, como derramando su alma por los ojos, rompe en llanto y tomando su encendedor, la quema.

Yo no sé si lo hubiese hecho de esa forma. Sólo sé que intenté inútilmente hablar con él, -que soy yo-, para detenerlo. Pero en el preciso momento lanza al suelo las cosas que tiene en las manos y abre el cajón del velador sacando una pistola.

¡Pero yo no tengo ningún arma en mi casa!

Nunca las he portado y ni siquiera las sé disparar.

Acerca la pistola a su cabeza y lanzando un grito desesperado se dispara, volándose los sesos.

En ningún momento veo sangre. Sólo partículas que se desintegran al compás del impacto de la bala.

En ese momento, logro ver que cuando su mano se esfuma, la pistola cae bajo la cama.

Me agacho para recogerla y logro ver mis manos nuevamente. Al tomar la pistola me asombra ver que, en lugar de un arma, tengo una agenda telefónica con los datos de algunos amigos que no veo desde hace tres años y medio.

De esa manera comprendí todo.