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-¿Quién soy?

Esa pregunta me agobia, mientras me consumo en esta oscuridad sin ventanas. Solo interrumpe mi cita con el vacío el Tic-Tac de algún reloj mural distante, que a ratos aumenta en mi cabeza su martirio hasta llegar a ser dos truenos latentes. Pero cuando me sumerjo en mi enigma, no lo es más.

¿Quién soy? ¿Por qué me destruye no saberlo? ¿Por qué mi rompecabezas se ensambla en la noche? Sólo intento definir lo intangible, apoderarme del secreto de mi existencia, conocer lo recóndito de mi verdad cuando algo sucede y vuelvo a las penumbras. Siento una especie de motor que ruge tras las paredes de mi cuarto y su estela sónica deja como huella el cruel Tic-Tac del reloj mural.

Sólo sé que mi cuerpo no responde. La energía de mi vida se concentra en mis pensamientos. Mis ojos descansan de la luz en esta capa negra y pura que cubre mi cuarto. Siento que esta noche es crucial. Puede que lo comprenda todo hoy, para que de esa manera tenga que desvelarme nunca más, o que me vuelva completamente loco y aparezca el sol sin yo saberlo.

“Tic-Tac, Tic-Tac, Tic-Tac”. Utilizo lo que me queda de energía y enciendo la lucecilla del reloj de mi velador para ver como ha avanzado la noche. Me encandila, como en un acto de venganza por el desprecio que tengo a su exagerada forma de aparecer. Mis ojos libran la batalla contra los diablillos amarillos que entran a mi retina y logran derrotarlos cuando logro ver nuevamente. 3:50 AM. Apago la lucecita y el imperio de la oscuridad vuelve a reinar en mi vida, salvo por algunos destellitos creados por los diablillos amarillos que aún rondan en mi retina.

“Tic-Tac, Tic-Tac, Tic-Tac”. Si recobrase mis fuerzas me levantaría y destruiría ese maldito reloj mural, pero como si este lo supiera, continúa riendo cada vez con más fuerzas con su carcajada mecánica.

Los minutos pasan rápidamente sobre mi realidad. Sobre mi fantasía no logro concebir más que preguntas estáticas y frías, tormentosas y lúgubres.  ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Cuál es el propósito de mi existencia?

De pronto me sumerjo en la oscuridad y en el silencio. No hablo, no escucho ni pienso. No hay límites a mi alrededor. Mi alma extiende sus brazos y sus piernas ligeras. Mi espíritu goza con este flotar en el espacio eterno. Mi cabeza comienza suavemente a descender, seguida por el resto de mi cuerpo en cálida armonía. Mi felicidad, en este momento, es disfrutar la calma y me apresuro a pensar y el pensar crea peso en mi cabeza y el peso es velocidad y no puedo controlar la caída y… y…   Mi alma cae al vacío para colisionar conmigo mismo y el choque de mundos me hace saltar. Despierto y escucho la misma canción: “Tic-Tac, Tic-Tac, Tic-Tac”

Dadas las condiciones me sacrifico nuevamente y observo la hora: 4:37 AM. Mis párpados no han hecho hasta ahora esfuerzo alguno en cerrarse (como los odio esta noche)

“Tic-Tac, Tic- Tac, Tic-Tac”. Ha llegado la hora de tomar una de esas decisiones cruciales que marcan la vida. Levanto las mantas de mi cama y el frío comienza a invadir mi cuerpo. Con sus manos heladas recorre mis piernas y mi espalda. Sin embargo, con un gallardo movimiento pongo mis pies en tierra firme. A la usanza de un “Zombie” saliendo de su tumba, me levanto y con pasos vacilantes abandono mi dormitorio.

En este instante, mis intereses son claros: entrar a la cocina, calentar un poco de leche, beberla y tratar de dormir. La leche, como algunos aseguran, es una inductora del sueño casi infalible y pienso que en estas circunstancias no me vendría nada de mal un poco de ayuda extrema. Mi cuerpo está agotado, el trabajo del día anterior fue arduo, pero no bastó para agotar mi energía mental, la cual mantiene mis ojos tan abiertos, como los focos de un automóvil.

En mi odisea por estos campos de hielo, camino a la cocina, me detiene algo que me ha estado irritando incesantemente. “Tic-Tac, Tic-Tac, Tic-Tac”… Y mis ideas se disipan. ¡Es el reloj mural del living! Por fin podré destruir a uno de mis peores enemigos de esta noche. Aguzo mis oídos. Lo busco entre las penumbras y logro contemplar cierto paisaje que me deja atónito. Todo el cuarto ha sido bañado de plata por la luz de la luna que se filtra por las ventanas, las cuales poseen sólo un visillo blanco, el cual magnifica en su esplendor un brillo casi espectral.

En una de las esquinas lo descubro, moviendo su pequeño y coqueto péndulo dorado tras su ventanilla de cristal. “herencia de los abuelos” le llaman. ¡“martirio nocturno” le llamo yo! Y me abalanzo sobre él, en un gesto impetuoso y valiente ya que al entrar a  la sala con los pies descalzos, cambié por un suelo alfombrado, uno de cerámica, traída directamente desde las tierras nórdicas.

Logro llegar hasta su ventanilla. Giro su llave para abrirla hasta el punto necesario, donde introduzco mi mano y con un dedo firme termino con la vida de mi atormentador verdugo, al detener el movimiento de su péndulo…

Estoy en mi cama nuevamente. Ya he bebido mi vaso de leche y he pensado algunas cosas, con la tranquilidad del silencio, aunque el “¿quien soy?” no he podido descifrarlo aún.

Sé que puedo disfrutar el silencio y la noche, la sencillez de la calma, palpar lo intangible con mi espíritu inquieto y llevar las cuentas de mis actos.

Me ha costado recuperar la temperatura de la cama. Ya nada puede interrumpir mi cita con los “dulces sueños”. Por fin podré descansar y mañana será otro día y podré….   realizar…   mi…

-¡RRRRRRRRRRRRIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIINNNNGGGGG!

-¿Qué?

-¡6:30 AM!

Daniel Cifuentes

Santiago, 2002

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